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Xavier G.-Solis: Zapacoches
ZAPACOCHES
En la cultura zapatofílica encontramos petróleo, le pusimos ruedas a un zapato y nos subimos al coche.
He visto tanta gente venderse por un coche. Es un lamento de ejecutivo.
Las empresas duras juegan a la zanahoria del coche. Matar por un coche: si eres de los nuestros tienes un coche la empresa te pone un coche- si no, estás muerto. Sigue siendo el premio gordo, como en el primer programa de Un, dos, tres, responda otra vez que reunía a cada familia española cuando había una sola televisión.
¡Y no es una inversión material, se desvaloriza al momento!
Pero con un coche te vistes y sales a la calle.
Disparate epistemológico de una publicitaria psicología generalizada: el contenedor no hace el contenido. Entre monas y sedas anda el absurdo.

Y te preguntas cómo han podido ganar.
Parece como si las road movies hayan ocupado un terreno, en el córtex cerebral, o más adentro, en el inconsciente colectivo. Ese espacio, propio de nuestros antecedentes nómadas, antes tomado por otros tipos de privacidad compartida entre pocos efímera e instalada en el movimiento-. Intimar con ritmo sobre el espacio. El mundo exterior va pasando, metáfora de la vida misma, mientras construimos, como en casa, una aventura con los nuestros.
Claro, coger el coche con tu amor para viajar largamente: lujos y placeres de la vida. Los dos en el mismo zapato.
¿Cuantas veces ocurre eso?
La distancia entre mito y realidad: cuando los viajes eran vivencias, tránsitos en el sentido más profundo puesto que volvías otro del viaje. Ahora, comúnmente, el tránsito es pérdida de tiempo entre un espacio y otro, cada vez más igual.
En el cotidiano se imponen más bien los atascos y la soledad.
Y aparcando con calzador. Librándonos al fin, de nuestro zapato con ruedas, luces y humos.

Presento aquí obra gráfica de los últimos meses ocupados en el desarrollado del concepto de zapacoche. Más de tres mil papeles, entre dibujos y grabados, cincuenta esculturas y unas pocas sesiones de fotos y vídeo sobre las instalaciones de los prototipos en las calles de Barcelona han bastado para ello, por el momento.
El constructo aúna lo que de común comparten los zapatos y los coches. Tan próximos ambos en sí mismos y tan representativos de los valores de nuestra sociedad, que casi parece mentira.
¿Qué diferencia realmente al zapato del coche?

La huella del hombre ya nada tiene que ver con su pisada de mamífero. Hace tiempo que perdimos los dedos de los pies. El siglo XX terminó con una huella adocenada, más de pezuña que de carne. Pero las huellas que ahora nos resumen son los restos de neumático de los frenazos en las carreteras.
Las cifras del parte de guerra: en la Unión Europea las estadísticas apuntan setenta muertos en accidentes de coche al año por millón de habitantes. En España ciento cincuenta y cuatro por millón de habitantes.
Ese petróleo negro como la carretera, como la ignorancia, como la guerra, como la sangre muerta. Aceite que arde tóxico y extraño a la piel.
La tinta, en cambio, huele bien.

Por supuesto ni la forma ni el fondo separa al coche del zapato. Ni, claro está, la manera de funcionar: en el sentido más fuerte posible, ambos funcionan con nosotros. Tampoco propiamente el tamaño, puesto que siendo físicamente el coche más grande nos cobija enteros-, conceptualmente lo es el zapato, dado que ya estaba en su génesis lo que ambos representan.
¿Acaso solamente los distancie un flujo mayor de intensidad en lo mismo?
¿La velocidad? Eso que dio el siglo XX. Algunos de los más viejos dicen que todas las experiencias humanas ya estaban antes al alcance, salvo la velocidad. Y el coche encarna otro cambio que diferencia al siglo pasado del anterior. Así lo decía otro viejo emocionado: la luz eléctrica, de pronto, de noche era de día.
Desde 1990 el transporte ha crecido un 80%. Su relación con la guerra, la invasión por el petróleo, es tan evidente como la combustión de sus gases con el cambio climático.
Sencillamente pues, una cuestión de escala: a mayor burbuja, mayor fantasma queda fuera. Por lo demás, zapatos y coches responden a lo mismo, pero no son lo mismo.
Agradezco a Felipe Aranguren, Jacob González-Solís Bou, Cristina Masanés, Elena Ortiz de Landaluce, Ana Rodríguez, Juan Santos, Marta Moreno, Patricia Ortiz de Landaluce y Suzanne Teesdale, sus distintas colaboraciones para la posibilidad de este desarrollo.
Xavier G-Solís
Barcelona, diciembre 2006